A las ciudades les corresponde jugar un papel central en la reconstrucción del país, no sólo como los principales centros de generación de riqueza sino también como los focos más importantes de innovación técnica, cultural y democrática.
Es sabido que, para vergüenza nuestra, Caracas califica en la actualidad como una de las peores capitales de América Latina: tiene el más elevado índice de homicidios y también uno de los más altos porcentajes, si no el más alto, de población viviendo en asentamientos informales. En los últimos 25 años la inversión en la construcción de la red vial principal tanto urbana como regional ha sido prácticamente nula, el transporte público superficial, más que una calamidad, es una afrenta a la ciudadanía y el Metro, que fue la envidia de los vecinos, conoce hoy una decadencia al parecer indetenible.
Tanto el patrimonio arquitectónico como el espacio público, menospreciados, se deterioran aceleradamente, siendo el ejemplo más destacado la Ciudad Universitaria de Caracas, reconocida por la Unesco como patrimonio de la humanidad. La lista podría alargarse, pero los ejemplos citados bastan para ilustrar la grave decadencia de la que no hace demasiado tiempo, con todas sus insuficiencias y contradicciones, atraía migrantes de todas las latitudes y se afirmaba como una de las más pujantes capitales de la región.
Debido al centralismo exaltado impuesto por el actual régimen, que no ha hecho sino agudizar las distorsiones del petroestado, resolver los problemas mencionados escapa casi totalmente a las posibilidades de acción de los gobiernos municipales y metropolitano: también la gobernabilidad ha sido dislocada por la constante interferencia del ejecutivo nacional sobre esas instituciones.
En tales condiciones no hay ciudad que funcione ni pueda progresar, pero el punto es que el efecto se transmite a todo el país: en la sociedad del conocimiento la decadencia de la ciudad conduce a la decadencia de la sociedad entera. Por eso recordábamos hace poco el aterrador pronóstico de Jane Jacobs: “Las sociedades y civilizaciones cuyas ciudades se estancan, no se desarrollan ni vuelven a florecer. Se deterioran”.
La Caracas moderna emergió en la década de 1940, en la estela del boom petrolero, dentro de una lógica particular hoy irrepetible: fue la renta petrolera controlada por el Estado, producto de un cuasi-enclave desarrollado por empresas extranjeras y que ocupaba una ínfima fracción de la fuerza laboral, la que en pocos años permitió levantar una metrópoli con ambiciones futuristas donde antes existía una apenas modesta ciudad colonial.
Hoy, ya avanzado el siglo XXI, ese modo de producción de ciudad ha entrado en crisis, tanto por sus propias contradicciones como por el agotamiento del modelo rentista. Desde hace varios años su futuro ha pasado a depender de otras variables, pero no ha habido capacidad para responder al desafío. En este nuevo modelo, a diferencia del anterior, el Estado nacional pierde protagonismo: aunque seguirá jugando un rol destacado, ese será en gran medida ancilar mientras que el central corresponderá a los gobiernos locales, en estrecha alianza con la ciudadanía y la iniciativa privada y con el apoyo crucial de los centros del conocimiento.
A las ciudades les corresponde jugar un papel central en la reconstrucción del país, no sólo como los principales centros de generación de riqueza sino también como los focos más importantes de innovación técnica, cultural y democrática, pero ello sólo será posible si vencen el centralismo y conquistan su gobernabilidad y autonomía. Ojalá la nueva generación que está asumiendo el relevo político lo entienda: sólo así se erradicarán los conucos tecnológicos y los gallineros verticales y las ciudades volverán a llenarse de gente talentosa, creativa y alegre.