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Tiranía y ciudad

La Gran Misión Vivienda. Como se localizan en las ciudades históricas parece abandonase la retórica territorial sustituyéndola por una estrategia urbana que procura ubicar en sectores claves de las principales ciudades comunidades afectas al régimen o de relativa fácil manipulación.

El concepto democrático de ciudad se remonta a la Grecia clásica que la entendía como orden territorial construido por su población y al servicio de ella misma. En su Historia de la arquitectura moderna Bruno Zevilo expresó en los siguientes términos: “La buena arquitectura moderna satisface a una concepción humana de la casa y de la ciudad: el primer objetivo es el bienestar material y psicológico del hombre asociado”. Los regímenes tiránicos, en cambio, han buscado invertir la ecuación: erigir una arquitectura y una ciudad orientadas a exaltar y apuntalar el poder en el imaginario colectivo, imponiéndose por encima de la sujeción y miseria de una población sometida a una abstracta geometría.
En esa dirección el intento moderno más notable fue quizá el de Albert Speer por darle forma a los delirios megalomaníacos de Hitler para Berlín con las consecuencias conocidas. Una pretensión a la que, como era de esperar, no fueron ajenos ni el estalinismo ni el fascismo.
En el caso venezolano el perezjimenismo representa una experiencia interesante: al lado de algunos desbordamientos de retórica monumentalista como el Paseo de los Próceres o el Palacio Blanco, exhibe notables ejemplos de la “buena modernidad” como la Ciudad Universitaria de Caracas o los polémicos desarrollos del Banco Obrero. Pero ciertamente se trató de una dictadura todavía alejada de las pretensiones de hegemonía y perpetuación de una tiranía clásica, más cercana a lo que finalmente terminaría conociéndose como el desarrollismo autoritario.
En nuestra realidad actual surge inevitable la pregunta acerca del concepto de ciudad que priva en esa camaleónica variante de las tiranías llamada Socialismo del siglo XXI. Dada su enrevesada ascendencia ideológica una mezcolanza que combina el estalinismo y el maoísmo filtrados por el castrismo con el militarismo y elementos del fascismo-la incógnita no parece del todo fácil de despejar entre otras razones porque en su trayectoria es posible identificar al menos dos fases en apariencia distintas.
La primera corresponde a los años en los cuales Jorge Giordani fungió como el asesor favorito de Chávez: fueron los tiempos del Eje Orinoco-Apure, y la prédica para abandonar a su suerte el sistema histórico de ciudades, el cual sería sustituido por una serie de comunas y falansterios rescatados de los polvorientos archivos del socialismo utópico, constructos para los cuales los humanos son meras piezas a acomodar según una perversa ingeniería social pero que no ocultan lo que en el fondo se busca: reordenar el territorio la “nueva geometría del poder”- en función de un proyecto orientado a la hegemonía y perpetuación de la nueva clase. Un fiasco que no logró pasar del plano de la retórica.
La siguiente se centra en la ejecución de programas masivos de vivienda para los bajos ingresos, de mal disimulada intención electoral: la Gran Misión Vivienda. Como se localizan en las ciudades históricas parece abandonase la retórica territorial sustituyéndola por una estrategia urbana que procura ubicar en sectores claves de las principales ciudades comunidades afectas al régimen o de relativa fácil manipulación: una reformulación ciertamente menos ambiciosa pero más realista de la “nueva geometría del poder”.
La conclusión es que, en lo sustantivo, no hay diferencias entre ambas fases: ninguna de ellas está realmente al servicio de la población y a lo que apuntan es a manipularla en el territorio para garantizar su sometimiento a la nueva oligarquía tiránica. Falta por ver si eso es posible. O suficiente. Lo seguro es que no producirá ciudades, apenas campamentos.
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